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El Baston Florecido

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  • El Baston Florecido

    Hace muchos años, en una montaña lejana, vivía un anciano en una cueva y pasaba la vida en oración. Se alimentaba de hierbas y frutas y su única compañía era un ángel que venía todos los días a consolar su soledad y hablarle del Paraíso.
    Un día en que el anciano llevaba veinticuatro horas sin comer y no podía salir en busca de alimentos a causa del mal tiempo, una frase de queja salió de sus labios: ¡Que tiempo tan odioso¡ y por nueve días, con gran tristeza suya, el ángel no vino a visitarlo, al décimo día el ángel regresó, pero en un su rostro había una expresión triste.
    No puedo seguir viniendo a verle-le dijo- Dios me lo ha prohibido porque usted se quejó de sus bendiciones.
    ¡No me deje solo ¡-gritó el anciano-. Yo voy hacer penitencia para que Dios me perdone.
    El ángel, por toda respuesta, cogió el bastón del anciano y lo sembró en la tierra. Luego le dijo:
    Podré volver cuando este bastón florezca.
    El ángel desapareció y el anciano pensó en una penitencia que pudiera borrar su pecado: tres veces al día, al amanecer, a mediodía y al atardecer, regaría el bastón con agua que traería del río en su boca. Suspirando empezó a regar el bastón pacientemente, día tras día.
    Un día pasó por allí un famoso bandido que andaba huyendo de las autoridades. Y al ver al anciano le preguntó por qué regaba aquel palo nudoso y seco.
    El anciano le contó la historia del bastón y el bandido estalló en carcajadas, diciéndole: Sin duda quiere burlarse de mí. Un palo que fue cortado del árbol hace diez años, no puede florecer. Además no comprendo por que se impuso una penitencia tan grande por un pecado tan pequeño. Entonces yo que he cometido toda clase de delitos, ¿qué penitencia tendría que hacer para merecer el Perdón de Dios?
    La bondad de Dios es infinita-contesto el anciano.
    El bandido sembró su bastón en la tierra y diariamente, por tres veces, con el agua que traía en la boca desde el río, regaba el leño seco y rezaba.
    Pero el gran pecador no esperaba ver florecer nunca su bastón, sin embargo, le bastaba con orar y hacer penitencia, pues estaba realmente arrepentido de su larga vida de maldades.
    Una mañana el anciano llamó al bandido para enseñarle el bastón. ¿Lo ve? Le dijo, su bastón se ha llenado de capullos y el mío no. También el bastón del anciano acabó por florecer, pero mucho más tarde que el del bandido, pues su arrepentimiento no había sido tan sincero como el del bandido.

    Te pregunto: ¿Eres tu sincero con Dios al arrepentirte?

    “Dios es amor”
Trabajando...
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