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Cómo preparar un bosquejo

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  • Cómo preparar un bosquejo

    Elaboración
    El apóstol Pablo le dijo a Timoteo: “Procura con diligencia, presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, y que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15). Y el apóstol Pedro nos dijo que: “Si alguno habla, que hable conforme a la palabra de Dios” (1 Pedro 4:11). Como obreros de Dios, por tanto, debemos saber usar correctamente Su palabra y transmitirla en el sentir y la capacitación del Espíritu Santo. Por ello, en primer lugar, es esencial mantener una comunión fluida con el Espíritu de Dios.
    Debemos tener en cuenta la situación de la iglesia donde vamos a predicar, las necesidades que existen, las carencias, los desafíos, el momento presente para aplicar la Palabra en su tiempo, dando respuestas a las necesidades. Este sondeo se hace en comunión con el Espíritu Santo, anotando todas las impresiones y pensamientos que vayan apareciendo en nuestro corazón, y siendo receptivos a las sugerencias del Espíritu para captar dónde está el énfasis.
    Uno de esos pensamientos resaltará, habrá una idea predominante que se repite cada vez que pensamos en lo que queremos compartir. Así surgirá el tema principal. Habremos escogido el trigo de la paja y una convicción clara se apoderará de nosotros como respuesta a la pregunta “¿Sobre qué voy a predicar?”
    Ahora buscaremos los principios de Dios que sustentan al tema y que dan respuesta a esa verdad. Llega el momento de bucear en las Escrituras para encontrar las respuestas. En este punto es básico que el predicador tenga ya un conocimiento amplio y panorámico de toda la verdad escrita; de ese depósito, el Espíritu Santo tomará las semillas apropiadas, brotará en tu espíritu el texto principal y otros que amplían y dan soporte a la exposición del tema. Puedes contar con ayudas adicionales como una concordancia, un diccionario bíblico, y un comentario bíblico.
    Como un modelo práctico puedes hacer una introducción, tres puntos principales y una conclusión. Incluye en algunos momentos alguna experiencia personal, un testimonio de otras personas o ejemplos bíblicos que confirman la enseñanza, así combinarás la exposición teórica con cambios de ritmo que harán más dinámica la predicación.

    Resumiendo y sin ser dogmáticos podemos concretar de la siguiente manera:
    1. Medita y ora en comunión con el Espíritu Santo en la necesidad que tiene la iglesia donde vas a predicar. Anota los pensamientos generales que van surgiendo, notando dónde está el énfasis que te lleva a la convicción sobre lo que Dios quiere que hables.
    2. Busca el texto base en las Escrituras y los complementarios. Aparta un tiempo de plena concentración y quietud para hacer el bosquejo guía, con la introducción, tres puntos principales y una conclusión.
    3. Memoriza todo lo que puedas ese bosquejo para que no estés atado desmedidamente al papel y puedas fluir con libertad, dando lugar al Espíritu a cambios sobre la marcha.
    4. Sé concreto, convencido de lo que predicas y no te pases de tiempo. Predica Su palabra, no tus ideas personales, procura dejar los perjuicios y confía el resultado a Dios. Sé íntegro y honrado, nunca prediques lo que no sabes, no quieras impresionar a los demás, ni creerte superior a otros por subir a un púlpito. Hazlo para edificar a los hermanos y honrar a tu Señor.

    Cómo usarlo
    Una vez sintetizado el tema en un bosquejo, dedica tiempo a memorizarlo, meditarlo, vivirlo y visualizar en tiempos de oración el momento cuando vas a predicarlo. De esta forma el bosquejo pasará a tu corazón de una manera viva, se hará parte de ti y podrás entrar en la plena dependencia del Espíritu de Dios para fluir con libertad dentro de los márgenes que se han establecido y no divagarás o te dispersarás en otros temas que no son para esa predicación.
    Es una combinación de orden y disciplina mental con un espíritu abierto para seguir los impulsos que pueden darse en el momento puntual de la predicación. Una de las indisciplinas clásicas es la de dispersarse con pensamientos y palabras que no vienen al caso, y alejarse de la verdad central que queremos exponer y fijar en los corazones de los hermanos. En este caso el bosquejo será una herramienta muy útil.
    Sondea bien tu propio corazón para no caer en los engaños de la vanidad, la arrogancia, la prepotencia o en un concepto más elevado de ti mismo que conduce a querer impresionar a la congregación. No te extralimites. Predica la Palabra. Hazlo desde la unión con Cristo, en plena dependencia de Él y la suministración de Su Espíritu. Mírate a ti mismo siempre en lo que afirmas, examina si hablas de teoría ajena a tu experiencia o por el contrario forma parte de tu vida. Sé honesto contigo mismo y con los demás.
    En lo que sea posible no leas demasiados textos en la predicación, eso interrumpe el ritmo y enfría la atmósfera. Lee los textos clave y los demás cítalos de memoria; una predicación va más rápida que una clase y no podemos detenernos a leer continuamente.
    La atmósfera y el clima espiritual de la congregación ejercen una influencia notoria en ocasiones a la hora de fluir con más o menos libertad y ensanchamiento de espíritu. El predicador sensible notará rápidamente el nivel de libertad en el ambiente o la frialdad, la pasividad e indiferencia de las personas que escuchan el mensaje. La responsabilidad del predicador es buscar su propia libertad y anchura de espíritu, quitar los estorbos del corazón y las emociones manipuladoras del estado de ánimo para llegar en buenas condiciones al momento culminante de la predicación.
    Si sabe y puede elevar la temperatura espiritual y de expectativa de la grey podrá exponer la verdad predicada con mayor eficacia y llegará más hondo en buscar la atención de sus oyentes. No manipulando las emociones desde la hechicería, sino desde el fluir de la unción de Dios para liberar la verdad que liberta a los creyentes.
    Cuando has acabado de predicar guarda tu corazón del engreimiento por la adulación de los hermanos y también del sentimiento de fracaso y frustración que puede invadirte. Pueden surgir sentimientos de culpabilidad por haber dicho algo que sabes que molestará a algunos hermanos, examina bajo la luz de tu comunión con Dios la verdad o la mentira de esos sentimientos y actúa en consecuencia.
    Mantente en el equilibrio de las Escrituras. Pablo dijo: “Yo planté, Apolos regó: pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento” (1 Corintios 3:6, 7).
    Quédate en las manos de Dios, entrégalo todo a Él y no pienses demasiado en los resultados; el crecimiento lo da Dios.

    Autor: Pastor Virgilio Zeballos.
    Fuente: Movimiento DCI (Desarrollo Cristiano Internacional).
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